domingo, 2 de mayo de 2010

Heartbeats




Ambas observaban en aquel cuadro de formas abstractas.

-¿Te gusta?
-No sé.


Se sentaron a mirar el resto de la galería.
De repente, el rostro de una de ellas empezó a surcarse de lágrimas.

-Lo quieres, ¿verdad?
-Creo que sí.
-¿Mucho?
-Sí.
-¿Por qué lo quieres tanto?
-¡¡Porque no me necesita!!

lunes, 19 de abril de 2010

Parisien

Vuelvo aquí, esta vez con uno al que he considerado de mis preferidos.

Si hay algún lector de las Campiñas de Fresas, comprobará que un fragmento del relato es una modificación de una parte de una antigua historieta. Sin más, espero que os guste.

Mil gracias.

(recomiendo poner la música para escucharla mientras se lee).



El sonido de unos tacones rompía el umbroso silencio instalado entre unas paredes de frío mármol blanco, cuyo helor era templado por las grandes lámparas, emisoras de una cálida luz cenital, invitando a la gente a recorrer las grandes estancias del palacio y contemplar Versalles en todo su esplendor.

El borgoña de las alfombras complementaba los bucles de unos cabellos ígneos cuyo fin se perdía entre los pliegues de sus caderas, cubiertas por brocados y terciopelo gris. Las tupidas cortinas, también granates, conformaban un espacio cálido, ambientado también por el fuego que ardía en el hogar y una serie de divanes situados cerca de éste.

Cruzó una puerta que daba lugar a otra estancia.

Dorado. Ahora la luz entraba a través de los inmensos ventanales, proyectando infinidad de líneas translúcidas, como finos dedos que acarician el rostro de los numerosos amorcillos instalados en el techo abovedado. Los inmensos lamparones colgaban del techo, desafiando a la gravedad y al fatal destino de terminar estrellados contra el suelo, ampliando el contraste en las sombras, entre los detalles geométricos y vegetales de arcos y columnas. Decenas de rostros hieráticos posaban la vista en alguna parte, siendo vigías constantes de todo lo que ocurría en aquellos pasillos.

Se perdió en cada uno de aquellos rostros níveos, se olvidó en sus pupilas, profundas; en sus peinados y ropajes, e imaginó el alma etérea que una vez pudo encarnar cada una de ellos.

Aquel manto de belleza y majestuosidad la envolvió en una especie de halo, transportándola a un mundo paralelo tres siglos atrás. El recuerdo de varias generaciones de Borbones estaba plasmado en las bellas obras pictóricas de las paredes.

Quedó poseída por un alma ajena, eterna en el tiempo, etérea en el espacio. Se olvidó de su propia identidad, de su verdadera profesión y status, y se encarnó en una joven de la corte francesa, realizando un papel que no le correspondía, perdiéndose entre aquellos muros recubiertos con resplandeciente dorado.

A medida que avanzaba iba vislumbrando el exterior a través de los ventanales. Los vastos jardines se perdían más allá del horizonte, dibujando en el infinito una delgada línea roja donde el crepúsculo cubría la vegetación.

Rodeado de agua y subido en su carro se alzaba altivo el imponente Neptuno. Mientras, Apolo, subido en su podio, permanecía hermosamente perenne al tiempo. Detrás de él: el Gran Canal, cuya superficie estaba plagada de cientos de diamantes que se teñían de escarlata y dorado al incidir la luz del ocaso sobre ellos.

Comenzó a ascender por una gran escalinata de piedra, deslizando su mano, enmarcada con puntillas e hilo plateado, por la lisa superficie de la balaustrada.

Conforme avanzaba, la música procedente de su destino llegaba a sus oídos.

Dos hombres con ropajes del siglo XVIII estaban apostados a las puertas de una gran sala para dar la bienvenida a los invitados.

Dentro, el lujo y la ostentación eran aún más patentes si cabía; todo resplandecía con una complicidad histórica para ambientar la noche de un baile de máscaras venecianas.

Se puso su máscara para encarnarse en un cisne y se adentró en aquella danza de terciopelo, brocados y plumas de colores. A su alrededor pasaban, como espectros, gentes extrañas con frívolas sonrisas que bien parecían irónicas; personajes que emitían risotadas estridentes con gestos altivos propios de la desgastada nobleza. Gentes oscuras que asemejaban a los fantasmas de los que alguna vez habitaron ese palacio.

Su cabello, suavemente recogido dejando caer tan sólo unas cuantas ondas cobrizas, dejaba al descubierto un cuello esbelto, cuya nívea piel se hacía irresistible a la vista de un misterioso hombre que se acercaba.

El apuesto desconocido, vestido con un traje de época en terciopelo azul marino, le clavó unos profundos ojos verdes que brillaban por debajo de su máscara de pavo real, provocándole un escalofrío que se deslizó por toda su columna.

Mensajes cifrados enviados mediante gestos con un abanico fueron el preludio de los roces sutiles con la yema de unos dedos, para terminar perdiéndose en el duelo de miradas bajo unas máscaras que escondían el secreto de su identidad...

Un torbellino de sensaciones la envolvió por completo: euforia, excitación, algarabía, sensualidad, deseo...

Todo envuelto en un halo de misterio, burla, magia y secreto...


miércoles, 14 de abril de 2010

Air




Ese aroma tan familiar se desliza, ígneo, por el aire cálido de los días cada vez más largos.

Uno que me recuerda, mediante un guiño, los efímeros días de sol, piscina y helados, y sus noches con conversaciones banales, bajo las estrellas.

domingo, 14 de marzo de 2010

Tango onírico





La armonía en aquel restaurante argentino se vio interrumpida por el estallido de un vaso de cristal contra el frío y liso suelo.

Una lágrima, sola, resbala por la fina porcelana de su rostro.

Despechada, descansa sentada en un sillón, con una mano sujetando un cigarrillo encendido, mientras que la otra, celosa del vicio, queda suspendida en el aire, medio metro por encima de un montón de cristalitos esparcidos por el suelo.

La concentración de pliegues en su frente denotaba su estado frustrado; y su expresión, ausente, su tristeza.

Dolor, patetismo, rabia, frialdad, desprecio


Engaño, lágrimas y licor.

La fina línea dibujada por el violín llegaba a sus oídos a través del aire cargado de la estancia e hizo que cerrara los ojos durante unos segundos, derrumbándose por dentro.

Otro trago de mate.

Inestabilidad, ira, desconsuelo, angustia, miedo

El granate de sus labios, ahora difuminado, combinaba a la perfección con el borgoña de los tapices y las cortinas; y el color ígneo de los suaves bucles de su larga cabellera contrastaba con el brillo azabache de sus ojos.

Sin más preámbulos, la frialdad de la que estaba compuesta se difuminó, la coraza se resquebrajó y cayó; su corazón cesó de latir por un segundo, en el cual sus pulmones retuvieron todo el aire del que eran capaces; creyó desfallecer cuando unos penetrantes ojos verdes se posaron en los suyos.

A veces, con solo un soplo, nos derrumbamos, como un castillo de naipes.

Se estremeció y notó como todo su vello se erizaba. Aquel desconocido la había sacado de su estado latente con tan solo una mirada. Se quedó abstraída en su atractivo rostro: de piel tostada, cabello moreno y barbilla afilada y hoyada.
Con paso cadencioso, vestido con un esmoquin negro, y una fina corbata del mismo color, se acercó a ella y, sin decirle una palabra, le alargó una copa vacía de las dos que traía en las manos. Cogió una botella de vino de una mesa cercana y rellenó las copas.

Mientras, ellos dos se encargaron de perderse en el otro, profundizaron la mirada, sumergiéndose en la oscuridad de sus pupilas. Se escuchó el suave tintineo de dos copas al chocar.

La suave línea del violín se vio alterada por la oscilación del acordeón, al que se unieron los firmes acordes del piano.

-¿Bailas?

Ella no respondió, se limitó a dejar la copa en la mesa, pasarse una servilleta por los labios, y levantarse. Altiva, irguió su cabeza, dio una calada más a su cigarrillo y lo dejó caer en un cenicero.

Caminaron hacia el centro de la pista. Él entrelazó su mano izquierda con la diestra de ella y pasó su brazo derecho por la cintura de la mujer, atrayéndola hacia sí; mientras que ésta colocaba una de sus piernas, que se dejaba ver por la abertura vertical de su vestido, entre las de él.

Comenzó la lucha por ver quien daba un paso de más...

Pasos cadenciosos fueron el preludio de otros más rápidos: giros y traspiés se alternaban en un baile del que ellos eran protagonistas absolutos. Fueron olvidando su identidad para desentenderse de la razón...

Necesitamos de un contacto profundo, muy profundo a veces, para sentirnos vivos.

A la vez, el fuego en el hogar del salón mantenía su peculiar danza estática, proyectando infinidad de sombras entre los pliegues de sus rostros, acentuando sus rasgos.

Rojo, negro, destellos y luces de neón...

Se sintió desfallecer cuando una mano sujetó su pierna a la altura de su muslo, con fuerza, y lo alzó hasta quedar a la altura de la cintura de él. Se la llevó mediante una caminata sincopada, y ella se abandonó a sus brazos mientras mantenían un ligero vaivén.

El ritmo de la música aumenta, alimentando el deseo que les había nacido.

Deshizo el camino hecho, y ambos se perdieron en una espiral de giros y cambios de dirección. Las piernas, se entrecruzaban, rápidas hasta la locura, en una coreografía, que, sin saber por qué, sus cuerpos ya conocían.

Se vieron envueltos en un halo de misterio, sensualidad, magia, y secreto.

Ella enlazó unas piernas con las de él, y éste, llevando el control, la cogió por la cintura, la alzó en el aire y la situó en su lado contrario. Giró su cabeza, a la vez que ella hacía lo mismo, para después quedar inclinados: ella hacía atrás y él sobre ella. Sus bocas, a escasos centímetros la una de la otra, dejaban salir una respiración alterada por el deseo acumulado y el esfuerzo físico.

Fin de la música

Se despertó de su ensoñación: se encontraba en un restaurante argentino, con su vestido negro y desde hace diez minutos, sin pareja. Se encendió un cigarrillo y se acomodó en la silla mientras cogía su copa para volver a dar otro trago de mate. La volvió a dejar en la mesa pero, debido a las numerosas copas que ya llevaba, la dejó en el borde de ésta, por lo que cayó, estrellándose contra el suelo y dejando en él miles de reflejos.

Sus rojos labios se arquearon en una frívola sonrisa.

domingo, 7 de marzo de 2010

U




Algunas cosas son tan etéreas, tan puras, que se desvanecen con poco.

Se volvió a meter entre las sábanas, escondida, dejando que saliera de ella lo que de otro modo no saldría.

Este mundo gira tan deprisa que se quedó en la estacada una vez que fue despedida hacia ninguna parte...

La almohada vuelve a estar inundada, el rostro erosionado y las últimas esperanzas ahogadas.