miércoles, 4 de mayo de 2011

caracoles



Marta le observó con una expresión divertida: se ponía muy gracioso cuando sorbía los caracoles y también cuando, con un palillo, intentaba sacar la molla. Ella tenía unas aspiraciones parecidas, pero no con el caracol, precisamente.
"Me estas volviendo loca y aún no te has dado cuenta", pensó, toqueteandose el pelo y creando rizos en su melena pelirroja.
Fruncía el ceño cada vez que comía caracoles, y le salían unos hoyuelos encima de las cejas, unos que ella pensaba rellenar luego a base de besos. Pero lo mejor de todo era cuando la pillaba mirándole, entonces dejaba el caracol a medio camino entre el plato y su boca y soltaba un simple "¿Qué?". Y ella se hacía la dura, escondía la mirada de boba y hacía como si nada, pero protestaba diciendo "que no sorbas así, ¿no sabes que te puedes tragar un caracol y ahogarte?, ¡¿y entonces yo que hago?!".
Y después él la miraba, con absoluta adoración, aportando aún más brillo en sus ojos color miel, que dilataban la mirada y se achinaban por culpa de la vergüenza de saberse descubierta.

jueves, 28 de abril de 2011

reminiscencias



Te he echado mucho de menos- dijo Sarita, con la cara blanca del susto- han cambiado muchas cosas desde que no estás conmigo: la risa ya no es tan fácil y las palabras se atascan en la garganta.
Mario se movió un poco, para poder verla bien, pero ella apenas levantó la cabeza. Se miraba la punta de sus zapatos y pegaba la barbilla al pecho, queriendo esfumarse. Además las gafas se le habían escurrido hasta la punta de la nariz y le conferían un aspecto ingenuo y bonito a la vez. Y ella apenas se había dado cuenta. Tenía que ir a la óptica, la culpa la tenían las dichosas patillas que se abrían, lujuriosas.
Las luces de los coches pasaban a su alrededor como espectros, como la crónica de una locura anunciada, desorientándola más aún y provocándole mareos. Entonces lo notó en su espalda, sus brazos la rodeaban, aportando calor a su espalda y sus labios le dejaron un beso, uno suave y tierno que no tenía que ver con los besos feroces de otras noches. Y le encantó, por eso se puso a llorar.

jueves, 21 de abril de 2011

odors

Era una sensación rara. Y a Amelia le encantaba.
Era a la vez, el gusto de estar medio bebida un martes a las dos de la madrugada, y también lo era el hecho de sentir un cosquilleo en el estómago, y entre los muslos, cada vez que pensaba en ti, pero eso sólo lo decía cuando iba trompa perdía' y claro, luego por la mañana no lo asociaba bien.

Pero bueno, el hecho de todo esto es que andaba perdida, como casi siempre, igual de despistada. Contando los pasos, las naranjas del frigorífico y los platos del fregadero, todo ello para que volviese a ser la de siempre. Por eso bebía entre semana. Y los demás días también.

A la mañana siguiente abrió la ventana, haciendo que se esfumaran las legañas, y los inmundos olores que hacían de aquella habitación una pequeña destilería. El cielo de aquel día olía a aquella canción que narraba parte de su actual vida: "I hate you but I love you". -Una preciosidad, para que negarlo.
 Se dirigió a la cocina, y por el pasillo cambió de olor, ese también le gustaba, era más afrutado, y tenía vitamina C, y Z también. Saludó a su vecina, la mujer que vivía justo en frente de su casa y que saludaba por la ventana de la cocina. Se le notaban las ojeras, pero aún así, estaba muy bonita, y se lo dijo, le dijo que aquella mañana estaba muy bonita y ella le respondió con una sonrisa, mellada, pero sincera.

martes, 5 de abril de 2011

choirs

Se zarandeaba por culpa de los baches por los que pasaba aquel Jeep a través de unas increíbles tierras del sur de África. Ya desde que salió del aeropuerto, en su cara se había instalado una sonrisa que mantenía perenne. De vez en cuando, cuando la carretera era tan solo un camino de polvo, el vaivén hacía que se diera golpecitos contra el cristal de la ventanilla, y cuando alguno le hacía daño se rascaba la cabeza. Sentada en el asiento de atrás, oteaba el horizonte, vislumbrando de vez en cuando altos árboles que se erigían por encima de un ondeante mar de color cobrizo.


 El coche paró en una aldea en el camino para repostar y tomar algunas provisiones. Ella se bajó del coche y se dirigió a un árbol cercano, sentándose en el suelo y apoyando la espalda en su tronco. Cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás, intentando despejarse y tomar un poco el aire.
Pero pese a su intento por descansar, no pudo mantenerse quieta. Tenía la culpa un coro de voces que llegó a sus oídos y que le hizo abrir, no sin esfuerzo, primero un ojo y luego el otro.



Tuvo que levantarse porque aquello quería verlo bien. Y le encantó lo que veía: la gracia estaba en sus manos, pequeñas y frágiles, que aplaudían al mismo compás, a la vez que seguían un balanceo, todos al mismo tiempo, colocados en línea, cantando en un idioma que compartía semejanzas con el suyo. Le enternecía, de una manera sobrenatural, ver sus pies descalzos dar pequeños saltos levantando el polvo.
Los débiles rayos del sol del crepúsculo proyectaban sombras detrás de ellos, unas sombras llenas de movimiento que contrastaban con las níveas sonrisas de aquellos niños de piel oscura. Adoraba sus ropajes llenos de colores y preciosas formas geométricas; los collares que llenaban aquel ígneo oasis de colorido, y sus pinturas en la piel, que marcaba los contornos de sus rostros. Y allí se quedó, apoyada en un árbol, con la respiración contenida y perdida en ese instante etéreo en el espacio, pero eterno en su memoria.

miércoles, 9 de marzo de 2011

برقع









Vio a aquellos niños jugar con una vieja pelota en un campo de tierra, levantando el polvo con cada carcajada que lanzaban. Cerca de allí, unos hombres barbudos conversaban acerca de una bandera, de los colores e iconos que debería llevar, pero Salihah no reconocía a ninguno, ni siquiera reconocía a su vecino cuando pasaba por la calle contigua a la suya, lo impedía la tela oscura que llevaba sobre su cabeza y tapaba su rostro, y eso no ayudaba para sus crisis asmáticas, unas que enfurecían a su marido cada vez que se repetían.
A través de unos diminutos agujeros, podía ver como, muy cerca de ella, en el portal de su casa, jugaba Aisha, su hija de 5 años, con una especie de cuenco que llenaba de tierra y humedecía con agua para simular cocinar una tarta. Se quedó allí plantada mirándola, mientras un especiado olor a kebab se adentraba en sus fosas nasales. Estaba pensando en el futuro, muy parecido al suyo, que tendría su hija, quien quizás dentro de unos diez años estaría casada con un hombre tres veces mayor que ella, y al que compartiría con otras tres mujeres. Se agachó para acariciarle su pelo largo, en el cual se percibían miles de destellos azabaches. De repente, el suelo comenzó a vibrar levemente, como de costumbre sucedía, por lo que abrazó a su hija, atrayéndola hacía sí, en actitud protectora. Los carros de combate se paseaban de vez en cuando por las calles para preservar el orden. Cuando pasaron de largo, enseguida se metió dentro de la casa, el sol ese día era acuciante y penetraba entre sus ropajes negros abrasándole la piel.