viernes, 11 de noviembre de 2011

pecera



-Qué bonitos son- mirando a través grueso cristal del acuario.
-Si que lo son.

Ninguno de los dos se atrevió a abrir más la boca. Perdíamos la mirada en ninguna parte mientras todo lo que se nos pasaba por la mente a velocidad del rayo se agolpaba en la garganta para intentar salir. Pero no lo conseguía. Algunas veces, cuando una gran cantidad de peces se acercaba, aparecían miles de destellos de colores por toda la galería. Entonces yo le miraba. Y sentía como me absorbía. Y mis ojos seguían, resbalando por la porcelana coloreada de su rostro hasta terminar allí, en su mirada parda, la que me recuerda los días de otoño en la ciudad. Sabía que pensaba lo mismo que yo. Pero era demasiado peligroso para decírnoslo. No podíamos arriesgarnos. Eramos como aquellos peces, encerrados en un cubículo donde no conseguíamos salir. Frío. Tenía frío. Y tú también. O por lo menos eso me pareció cuando  te estremeciste y me miraste, justo antes de que yo apartara la vista de tí.

jueves, 6 de octubre de 2011

pillos

Sintió un pinchazo en el centro de su pecho, un poco hacia el lado izquierdo. Le gustó lo que veía, mejor dicho, la enamoró, un poquito más verlo durmiendo a su lado. El sol de la tarde chocaba contra aquel cuerpo que la volvía loca, y marcaba, mediante contrastes de luces y sombras, cada uno de los pliegues de su escultura. Y Paulita soplaba flojito, sin llegar a despertarlo, para hacer que sus pestañas bailasen y sus facciones se arrugasen, haciendo aparecer la cara de niño que guardaba dentro.
No quiso molestarle, así que levantó la vista, observando el paisaje que se extendía hasta donde el horizonte se mezclaba con el cielo, ambos azules. Y se perdió allí, soñando despierta y aspirando el olor a salitre que le despejaba las fosas nasales, que le arrancaba de todas las preocupaciones y le proporcionaba una increíble sensación de tranquilidad. Así, no pudo darse cuenta de que unos ojos aviesos la observaban. Y que esos mismos ojos recorrían todo su cuerpo, sin apenas moverse, adorándola en silencio: la luz de la tarde acariciaba su pelo castaño, dejando reflejos dorados que combinaban con su tez bronceada. Paulita entonces, cansada de otear el horizonte, y ávida de carne magra, lo miró, y se sorprendió de verlo de esa guisa: enseñaba los dientes y marcaba la barbilla, haciendo chirriar los molares, como siempre que por su mente volaban las ideas "verde primavera".


Mario tenía una cara de pillo que no podía con ella.

viernes, 19 de agosto de 2011

canvas



Siempre estás en mi mente como un retrato en canvas. De generosos rasgos y colores pardos. Allí, apoyado en el lienzo, erguido, presumido y bello, siempre. Siendo tú, y con eso me basta. Porque existes, en mi marco artístico distinto de las otras dimensiones. Táctil y dócil, y muy, muy dulce.


miércoles, 13 de julio de 2011

soles



Aspiraba amaneceres, suspiraba ocasos.

Coco adoraba las tardes al sol. Las de quedarse a dos centímetros del precipicio de sus labios y despeñarse por el enhiesto acantilado de su cuello.
Le encantaba dorarse con su propia luz, la que desprendía Leo. Fuerte y tímida a la vez, como miles de candelas de titilante llama, manteniendo una rítmica oscilación entre carnes morenas y vello dorado que siempre conseguía  hipnotizarla. A veces se dejaba abandonar al balanceo de sus brazos entre mareas de agua con cloro y espuma artificial. Y a cada broma, Coco se reía con una risa fácil que salía a borbotones de su boca, llenándolo todo de clima cálido y apacible. Era como si se hubiera metido bolitas de algodón en la boca, y entonces los carrillos se le hinchaban, rellenando los hoyuelos que solían salirle. A Leo, esos carrillos, esas carnes y esa boca le sacudían los nervios y las nalgas, revitalizándole la vida por dentro y por fuera.

sábado, 9 de julio de 2011



Un escalofrío le sacudía todo el cuerpo y le asaba las ingles cada vez que cepillaba aquel pelo moreno de interminables ondas cuyo fin se alargaba hasta donde la espalda pierde su nombre. A Mario le gustaba hundir los dedos allí, provocando un tenue olor fresco emanando de su cabellera, que luego aspiraba y le aturdía. Y era también curiosa su reacción. La oía tragar saliva, no sin esfuerzo, y acelerar el movimiento acompasado de su respiración y su pecho, apretar los muslos y entrecerrar los ojos.