RINCONES
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miércoles, 23 de febrero de 2011
tuppers
A Sarita le gustaba guardar los besos en tarritos de cristal, clasificados según la forma de recibirlos. Así, si algún día echaba en falta algún tipo de cariño, pues los tendría con solo desenroscar una tapadera.
Por eso quería besos, eran como una vitamina particular, le mantenían equilibrada, con lo difícil que era eso. Luego, la iba repartiendo, muy poco a poco, con las personas que se topaban con ella. Y sin utilizar jeringuilla.
sábado, 12 de febrero de 2011
pepper
Quiero que me gane poquito a poco -muy segura ella- a base de besos, muchos, abrazos, caricias y algún que otro polvo- Todo esto lo decía mientras fregaba los platos y se le empañaban las gafas por culpa del vapor del agua caliente.
¿Saben, señoras?- hablándole a la fila de botes de especias colocados encima de la encimera- es precioso. Bueno, no es que sea muy guapo, más bien es algo feo, un poco alto y desgarbado, pero a mi me encanta. No le quiero, claro que no, en una semana yo no hago esas cosas, eso de enamorarme. Pero me provoca ternura, la veo en sus ojos verdes, esos que aún tras unos gruesos cristales son los más bonitos. Y ahora más tarde vendrá, lo he dejado durmiendo en mi cama, si, claro que ha pasado la noche allí, follamos como locos, es lógico. Pero ese es el tema, que solo es eso, un amigo con derechos sexuales. Es práctico y divertido, demasiado.
Dejó de fregar y se fue a revisar como iba la torta que había dejado en el horno. Se agachó y se asomó dentro, aún le quedaban unos minutos. Pero se quedó allí,con su nariz a escasos milímetros del cristal de la puerta, con la tensión de quemarse que le gustaba sentir, creyéndose en serio peligro. Era grave eso de acabar la nariz chamuscada y enrojecida.
¿Saben, señoras?- hablándole a la fila de botes de especias colocados encima de la encimera- es precioso. Bueno, no es que sea muy guapo, más bien es algo feo, un poco alto y desgarbado, pero a mi me encanta. No le quiero, claro que no, en una semana yo no hago esas cosas, eso de enamorarme. Pero me provoca ternura, la veo en sus ojos verdes, esos que aún tras unos gruesos cristales son los más bonitos. Y ahora más tarde vendrá, lo he dejado durmiendo en mi cama, si, claro que ha pasado la noche allí, follamos como locos, es lógico. Pero ese es el tema, que solo es eso, un amigo con derechos sexuales. Es práctico y divertido, demasiado.
Dejó de fregar y se fue a revisar como iba la torta que había dejado en el horno. Se agachó y se asomó dentro, aún le quedaban unos minutos. Pero se quedó allí,con su nariz a escasos milímetros del cristal de la puerta, con la tensión de quemarse que le gustaba sentir, creyéndose en serio peligro. Era grave eso de acabar la nariz chamuscada y enrojecida.
martes, 25 de enero de 2011
ramalazos
Aquel día Sarita se fue a pasear a la montaña. Y lo hizo bien equipada, se puso sus guantes de lana, y su bufanda, la gris, la que le había hecho su abuela. También se puso su gorro, el azul de los pompones.
Por si fuera poco, en una mochila echó algunas galletas, unas que llevaban chocolate y le encantaban. Y así emprendió la marcha al monte de al lado de su casa.
Conforme andaba, subía, y a cada metro notaba sus músculos tensare y destensarse y eso le hacía una gracia enorme.Y se reía ella sola, es que ¿sabeis?, era un poco problemática, pero eso no se lo digáis a ella, lo de que yo os lo he dicho, que si no se enfadaría conmigo, y entonces ya sería un poco más seria.
Dejó atrás el camino de asfalto y ya pudo alcanzar la ladera. -¡Aaalaa! un ciervo!, ah no, jopé, es un árbol chuchurrío con ramitas secas.
Tras este descubrimiento, siguió subiendo, despacio, porque le costaba, que eso de subir con una mochila cargada no era tarea fácil. Y en eso estaba, subiendo, cuando cogió su cámara y comenzó a hacer fotos, sobre todo a las nubes, que desde allí se veían más blancas que nunca, incluso un poco rosas también, y le daban ganas de meterse una en la boca y que se le deshiciese allí, y que se le escapase entre los dientes cada vez que le salía su risa. Y todas esas cosas bobas que a ella le encantaban.
Llegó arriba, y como corría mucho viento se dio otra vuelta más de su bufanda, esa gris que le hizo su abuela y observó todo el paisaje bajo sus pies cubiertos con sus botas marrones. Adoraba estar allí y ver su casa pequeñita a lo lejos, y la ropa que había tendido y como el azul del cielo se volvía cada vez más oscuro, hasta degradarse en un oscuro lila. ¿O era malva? No lo sabía, eso dependía de su cabeza, de como estuviese ese día. Ese día no tenía preocupaciones, bueno si, se le notaba en la cara y en la ropa holgada, pero las había dejado en su escritorio, pinchadas con chinchetas de colores.
martes, 18 de enero de 2011
kilopenas
Aquel día, Sarita se sentía tremendamente triste. Tan triste, que lo veía todo gris, un pesado color gris que se adueñaba de los árboles, el agua y los edificios.
Incluso su pájaro se había muerto de verla a ella así de triste.
Su gato no apartaba sus ojos verdes de ella, velándola en silencio. Encima, ahora le había dado por andar arrastrando las pestañas por el suelo y pegando la barbilla al pecho y eso no era nada bueno para ella.
Sarita había advertido una cosa. Las bromas en su mundo habían dejado de tener gracia y espontaneidad y por ello la echaba tanto de menos. Las semanas se repetían perennes.
Necesitaba decirlo, lo sabía, pero también pensó que ya lo diría cuando estuviese lejos, incluso más lejos del kiosco de la esquina. Así, si alguién se enfadaba no iba a ir a buscarla a la Luna, ni a las estrellas. ¡Y mucho menos a Mongolia!. Por favor, menuda tontería haría esa persona, porque seguro que no la encontraría, que ella ya tenía pensado acurrucarse en una de las cuevas que hay por las montañas y quedarse calladita y muy quieta si ella pasaba cerca.
Incluso su pájaro se había muerto de verla a ella así de triste.
Su gato no apartaba sus ojos verdes de ella, velándola en silencio. Encima, ahora le había dado por andar arrastrando las pestañas por el suelo y pegando la barbilla al pecho y eso no era nada bueno para ella.
Sarita había advertido una cosa. Las bromas en su mundo habían dejado de tener gracia y espontaneidad y por ello la echaba tanto de menos. Las semanas se repetían perennes.
Necesitaba decirlo, lo sabía, pero también pensó que ya lo diría cuando estuviese lejos, incluso más lejos del kiosco de la esquina. Así, si alguién se enfadaba no iba a ir a buscarla a la Luna, ni a las estrellas. ¡Y mucho menos a Mongolia!. Por favor, menuda tontería haría esa persona, porque seguro que no la encontraría, que ella ya tenía pensado acurrucarse en una de las cuevas que hay por las montañas y quedarse calladita y muy quieta si ella pasaba cerca.
domingo, 9 de enero de 2011
croquetas
Era uno de esos días en que a Paulita le encantaba escurrirse por debajo de su jersey, el de su chico. Y aspiraba su olor, no el de su perfume, si no el de su piel. Y entonces estornudaba por las motitas de polvo, pero a ella le daba igual; que más daba, si luego la abrazaría fuerte, o flojito, también le daba igual; la única condición era que le diera un beso, uno suave, o bueno, también fuerte, pero por lo menos que se lo diera. Bueno, si se lo daba fuerte, lo más probable era que luego no la soltase y acercase su cara a la de ella y frotase su barba contra la de ella, porque sabía que Paulita era un poco masoquilla y le encantaba.
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